Traspasar todas las líneas rojas

Traspasar todas las líneas rojas

Traspasar todas las líneas rojas

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Hay cosas que no se limpian ni con el fuego de San Juan. No hay hoguera que pueda acabar con esta España faltona, vocinglera y odiadora. No hay fiesta pagana que nos libre de los malos espíritus que habitan en la política. Ni mil veces que saltara Pedro Sánchez sobre las cenizas de Ábalos o Cerdán le librarán ya del peso de una sentencia condenatoria a 24 años de prisión al que fuera su ministro de Transportes y secretario de Organización del PSOE. Tan cierto es esto como que ni saltando otras mil veces Feijóo sobre las pavesas del PP borrará años y años de saqueo de sus gobiernos autonómicos y locales. Ni su fotografía con el narco Marcial Dorado. Ni el fraude fiscal del novio de Ayuso. Ni la mal llamada policía patriótica. Ni los audios de Villarejo. Y aun así mantiene ese tono faltón y destructivo con el que acostumbra a transitar por la oposición y dar lecciones de integridad y limpieza.

No hay línea roja que no haya traspasado ya el líder de los populares con su devastador y nocivo verbo. Primero fue el suegro fallecido de Pedro Sánchez y ahora el padre también muerto de Patxi López. Con esposas, hijas y hermanos de por medio. Todo le vale en su desesperado intento de hacerse escuchar y habitar en La Moncloa. Hasta recomendar a Sánchez un psicólogo. Alguien debería recordarle que el volumen jamás valida un argumento, que el tono elevado refleja siempre la falta de ideas y que el insulto es síntoma de frustración, pero no de superioridad moral o intelectual. La razón no se demuestra con el griterío, sino con la coherencia y la verdad, dos cualidades con las que el PP siempre tuvo una oblicua relación.

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