Las terapias de conversión LGTBI se reinventan, pero siguen vivas: "Me decían que tenía que sanar mi herida"

Las terapias de conversión LGTBI se reinventan, pero siguen vivas:

Las terapias de conversión LGTBI se reinventan, pero siguen vivas: “Me decían que tenía que sanar mi herida”

La primera vez que Iván León acudió a una supuesta terapeuta fue por recomendación del sacerdote de su parroquia. Acababa de pasar de 1º a 2º de Bachillerato y atravesaba una etapa difícil: en casa las cosas no estaban del todo bien, su padre estaba en paro y a él le atravesaban las dudas sobre su futuro. Nunca había ido al psicólogo, así que cuando le dijeron que aquella persona podría ayudarle, le pareció bien. Lo que se encontró, sin embargo, no fue ninguna conversación acerca de lo que le ocurría. La primera pregunta que le hizo la mujer es si salía con chicas, quiénes eran sus amigos o si hacía deporte.

Aquellas no eran preguntas inocuas. “Todo fue girando poco a poco hacia el porno, la masturbación, en si pensaba en chicos o chicas cuando lo hacía... Yo lo que supuestamente tenía que hacer era desarrollar mi masculinidad, que estaba dormida y por eso era inseguro. Me decía que tenía que hacer cosas de hombres. Nada de eso se sostenía, pero en aquel momento yo no lo vi”, cuenta Iván varios años después sobre lo que hoy sí nombra como “terapia de conversión” para personas LGTBI. En su caso, aquello se hacía llamar “itinerario” religioso y fue impartido en el Obispado de Alcalá de Henares (Madrid) bajo la dirección del polémico José Antonio Reig Plá.

Lo que vivió Iván fue una de las formas que han ido adoptando este tipo de métodos para modificar la orientación sexual o la identidad de género de las personas en los últimos años. Lejos de su imagen más reconocible —el encierro forzado o los intentos explícitos de “curar” la homosexualidad mediante tratamientos —, hoy parte de esas prácticas se dan en espacios disfrazados de “acompañamiento” emocional, espiritual o psicológico que comparten objetivo: 'reparar' algo que se presupone dañado.

“Hay un pensamiento compartido de que en España esto no ocurre, pero la realidad es que hay redes de personas hipermovilizadas actuando en la clandestinidad para modificar la orientación sexual o identidad de género. El problema es que sigue siendo una forma de violencia invisibilizada, que se produce de forma ajena al escrutinio público fundamentalmente en espacios religiosos o clínicos”, explica Saúl Castro, abogado de la Asociación contra las Terapias de Conversión.

Iván hace referencia al modus operandi: “El discurso se va filtrando gota a gota, hasta que acabas viendo la orientación sexual como algo traumático. El eje de todo era intentar sanar las supuestas heridas de la masculinidad a las que asociaban la homosexualidad, o como ellos lo llamaban 'atracción hacia el mismo sexo”, explica el joven, que apunta a que, en su caso, la supuesta terapeuta —bióloga de formación– le insistía en que su “problema” tenía que ver con la autoestima y la relación con los demás.

“A nivel físico no destacaba mucho, era más bien gordito, y me decía que mi herida era que en el fondo envidiaba a otros hombres que nunca llegaría a ser”, recuerda sobre las sesiones a las que estuvo acudiendo. Paralelamente, el obispado organizaba charlas o convivencias en las que se impartía esta doctrina, que tiene muchos puntos en común con el apostolado acogido en varias diócesis que el Ministerio de Igualdad ha propuesto sancionar con 75.000 euros. Su discurso atribuye también la homosexualidad a “heridas o traumas” de la infancia como abusos sexuales o carencias afectivas y promueve para las personas LGTBI un “retorno” a la heterosexualidad o vivir en castidad.

Los “límites difusos”

Este tipo de métodos han vuelto esta semana al centro de la actualidad después de que el Congreso haya dado el visto bueno, con el voto en contra de Vox y la abstención del PP, a la ley que los convierte en delito y que castiga con penas de cárcel a quienes los practiquen. La norma —que puede sufrir cambios ahora en el Senado— incluye finalmente que el consentimiento del afectado no impedirá perseguir penalmente estas prácticas, al entender que existe un fuerte condicionamiento por contextos de presión, vulnerabilidad o estigma.

Este ha sido uno de los puntos que ha provocado buena parte del choque político durante la tramitación, pero también todo lo que tiene que ver con cómo identificar hoy una terapia de conversión. La derecha ha intentado que solo sean delito las de “naturaleza coercitiva” y cuando no haya consentimiento de la víctima, algo que, de momento, ha sido rechazado por el pleno.

Durante el debate, Vox llegó a acusar al resto de grupos de querer “eliminar la posibilidad de que alguien pueda dudar de su homosexualidad” o meter en la cárcel a los sacerdotes a los que “los homosexuales acuden a pedir ayuda porque han decidido libremente que quieren vivir acorde a su fe”.

El alcance de las terapias de conversión ha sido analizado por el Experto Independiente de Naciones Unidas contra la discriminación LGTBI, que en un informe de 2020 concluye que siguen siendo una amenaza global basada en tres enfoques: médico, psicoterapéutico y religioso. El estudio denuncia que se han transformado en un “blanco móvil” para eludir las restricciones legales, de forma que los proveedores suelen “renombrar sus servicios o modificar estrategias de comunicación”. En este esfuerzo, la dimensión espiritual se ha vuelto clave: la ONU apunta a que los actores religiosos operan a menudo en un espacio “de límites difusos” pero igualmente dañinos.

“Normalmente, se camuflan más en este tipo de espacios de carácter religioso. Esto es lo que me he encontrado en consulta, lugares de culto en los que hay una apuesta clara a través de charlas, retiros, talleres y orientación de intentar que la persona no heterosexual se reconduzca”, coincide Paloma Salamanca, psicóloga experta en terapia de afirmación LGTBI.

Iván acabó en uno de ellos en 2014 porque, a pesar de que sus padres no eran religiosos, él sí participaba en la parroquia de su barrio. La captación, apunta, suele ser por diferentes vías. “Tengo constancia de que hay gente a la que se lo buscaban sus padres o familias y luego formas un poco más sutiles, que te proponen una ayuda por pasar una mala racha y acaba siendo una terapia de conversión. También había gente con problemas para aceptar la homosexualidad que acabó allí metida”, recuerda el joven, que tenía entonces 17 años y pasó otros cinco más en la diócesis rodeado del mismo discurso. Según el informe de la ONU, la inmensa mayoría de víctimas son jóvenes: el 80% tiene menos de 24 años.

Para Iván, una de las cosas más destacables es que al principio el ambiente era “muy propositivo y amigable” y apunta a lo que las voces expertas señalan como una “adaptación” de las terapias en los últimos años a través, entre otras cosas, de un nuevo lenguaje. “En un inicio el discurso es medianamente razonable, te hablan de desarrollar tu masculinidad, pero también de aprender a desarrollarte en la vida y lo venden como una ayuda y apoyo. En Alcalá jamás hablaban de curar la homosexualidad ni de esta como una enfermedad. Era más comprable”, afirma Iván.

“Tenía que confesar si me masturbaba”

Sin embargo, el abanico de conductas y prácticas “es muy amplio”, apunta Castro. En Valencia, el arzobispado suspendió la actividad de un centro de orientación familiar denunciado por intentar cambiar la homosexualidad mediante oraciones, actividad física y fármacos inhibidores del deseo sexual. La 'coach' Elena Lorenzo tendrá que sentarse en el banquillo por ofrecer cursos para “recuperar la heterosexualidad” y, en Navarra, el centro evangélico Vida Nueva, situado en Ciriza, está siendo investigado judicialmente por torturas, coacciones y explotación laboral tras la investigación de Newtral.

Varios testimonios acusan al centro de rehabilitación de grupo “sectario” y describen castigos ligados a tareas de limpieza, una férrea disciplina, vigilancia constante de su intimidad y comportamiento y prácticas que, según sus denuncias, buscaban moldearlas hacia una idea de “mujer decente”, es decir, heterosexual. El Gobierno navarro ha excluido al centro del registro de servicios sociales de la comunidad.

Mónica, que prefiere usar un nombre ficticio y es una de las denunciantes, salió de allí a los 22 años —ahora tiene 42— tras pasar una década ingresada por orden de su madre. Cuenta que, entre otras cosas, sufrió, el intento de conversión de su bisexualidad y también de su expresión de género masculina. “Un día me metieron en una sala y me dijeron que no me preocupara si empezaba a convulsionar o me salían espumarrajos por la boca porque eran los demonios saliendo. Lo que hicieron fue ponerme las manos por el cuerpo y orar largo rato para que supuestamente se fueran los demonios de la homosexualidad y la rebeldía”, afirma Mónica.

El discurso de la homosexualidad como algo negativo estaba presente de forma continua, según apunta. “Tenía que confesar si me masturbaba pensando en mujeres y me castigaban limpiando”, cuenta. En 2015, Mónica salió de allí. Preguntado al respecto, Vida Nueva niega los hechos y califica las acusaciones de “difamaciones” por parte de personas “resentidas” con el centro. Defiende que su función es la “acogida y rehabilitación” de personas en “exclusión social” y que con aquellas que no son heterosexuales “no se realiza ninguna terapia, tratamiento o programa para modificar su orientación”.

Las consecuencias de haber sufrido una terapia de conversión permanecen incluso años después, apuntan las voces expertas. Así lo remarca la ONU en su informe, en el que apunta a que los intentos de “patologizar y negar la existencia” de las personas LGTBI y “provocar autoodio” tiene efectos “profundos en su integridad y bienestar físicos y psicológicos”. Salamanca coincide: “A nivel de autoestima y legitimidad tiene un daño muy importante y se ven secuelas de tipo traumático. A estas personas al final les están empujando a ocultar o cambiar lo que son y desde ahí hay una afectación personal, social y familiar a todos los niveles”.

Iván reconoce que con los años ha podido “ir reconociendo” mucho de lo que vivió entonces y afirma que, tras salir, pensó que estaba mejor de cómo se encuentra ahora. “Me he dado cuenta de que muchos temas de autoestima o de formas de relacionarme vienen de ahí. Para ese discurso, las relaciones homosexuales siempre son de interés, de abuso y de poder así que, aunque no lo pienses de forma consciente, siempre está ahí esa amenaza. Según ellos, ser homosexual solo tenía dos caminos: o ser violentado toda la vida hasta acabar suicidándote o ser tú el corruptor de otros y tener una vida de miseria”.

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