Las furias de julio

Las furias de julio

Las furias de julio

A nadie se le oculta que la atmósfera del año 1936 estaba cargada de electricidad. Rumores, noticias alarmantes, denuncias y orquestadas campañas de desinformación proliferaban en los medios y llegaban a conocimiento de las autoridades en un inequívoco afán de sembrar la inquietud pública y promover una rectificación violenta del estado de cosas. Valgan unos ejemplos: desde el otoño anterior, algunos gobernadores civiles venían recibiendo informaciones relativas a que, en ciertos ayuntamientos, la izquierda había instalado un sistema de alarmas ubicadas en torres y campanarios -algunas de ellas tan aparatosas como “sirenas de motor con alcance de tres kilómetros”- para avisar de la concentración de grupos derechistas. Jóvenes comunistas y socialistas se estaban organizando en grupos de combate en cada distrito. En mayo del año siguiente, la máxima autoridad policial de la capital recibió un soplo acerca de que delincuentes extranjeros, entre ellos, “rusos especializados”, fuertemente pertrechados con metralletas y fusiles, pretendían perpetrar un audaz golpe contra el banco central y otras importantes entidades financieras.

Escalando peldaños en la difusión del temor, “fuentes bien informadas” alertaron a la Dirección General de Seguridad y al Estado Mayor sobre la planificación de “un putsch que los comunistas estarían preparando para la segunda quincena de agosto o la primera quincena de septiembre”. Agentes de Moscú se habían incrustado en las propias filas del ejército. Según varios diarios conservadores de provincias, las células rojas mantenían reuniones clandestinas, elaboraban listas de objetivos y solo esperaban las órdenes oportunas para entrar en acción. Cuando la consigna fuera dada, decían, se efectuaría la toma de rehenes previamente elegidos entre los integrantes de las principales familias de orden y miembros del clero local. Su destino estaba sellado: las inocentes víctimas serían asesinadas en sus propias casas y hasta en sus camas, en el transcurso de una noche trágica, en una orgía de sangre anunciadora de la revolución.

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